A las cinco de la tarde

Aquí encerrado, entre polvo, no puedo ver nada. Todo es oscuridad. No sé dónde estoy ni si he de hacer algo. Me limito a esperar que la puerta que choca con mi frente se abra aunque no sé si lo hará.

Escucho cómo habla la gente que me observa desde lo alto de estos muros, aunque no puedo verlos porque estoy encerrado aquí, entre estas cuatro paredes que se estrechan cada vez más. Falta el aire y tengo miedo, nunca lo tuve pero no sé qué está pasando ni porqué me encuentro aquí pero no puede ser bueno.

Ya me han hecho daño y han clavado algo en mi lomo, me he asustado y gemido pero nadie me ha ayudado. Y aquí sigo, con mi terror y mi pena, esperando que una de estas cuatro partes se mueva y pueda salir de aquí. Oigo murmullo y alboroto, personas que corren atareadas de un lado a otro. Puedo escuchar que llevan algo en las manos porque se escucha el choque de cosas metálicas de allá para acá.

   Oigo un caballo relinchando con miedo y nervioso. Supongo que él también está encerrado y le han hecho daño pero mejor es no pensar, no en esas cosas, al menos. No entiendo lo que dice pero imagino que tampoco puede ser bueno y, si nadie me ayudó a mí, tampoco lo ayudarán a él. Siento cómo se me acelera el pulso y es que no aguanto más este encierro sin sentido. Yo no debería estar aquí, solo, asustado, herido…

¡Estoy escuchando música! Muchas personas aplauden y empiezan a ponerse nerviosas. Todo es jaleo, ruido y palmas y ¡se está abriendo la puerta! Empiezo a ver alguna claridad en toda esta oscuridad que dejo atrás y ¡corro hacia la libertad!

Pero no hay prado, ni hierba y tampoco otros como yo, solo hay polvo muerto en el suelo que pisan mis patas donde no podría crecer nada jamás. Acabo de entender que estoy completamente solo. Busco una cara conocida pero no la encuentro, son muchos los ojos que me miran pero no reconozco a nadie. Empieza a no gustarme donde estoy y quiero huir.

Alguien se aproxima hacia mí y corro hacia él. Me esquiva constantemente. Una vez y otra. Este juego empieza a ser cansado y mis patas comienzan a flaquear pero ¡tengo que huir de aquí! A mi campo, a mi pradera… Intento buscar una salida pero no la encuentro y la puerta que se abrió, ahora, está cerrada. Sospecho que quizás no hay salida posible y que es aquí donde quieren que esté, sin importar mi dolor…

El caballo está herido y corre destripado, relinchando en su locura de pánico y dolor.

El hombre que se acercó a mí va hacia un lado pero vuelve. Esta vez lleva en su mano algo que no acierto a reconocer, jamás lo había visto. Corre hacia mí, deprisa y yo, intento esquivarlo pero me es imposible. Estoy demasiado cansado. De pronto siento como si dos puñales se clavaran en mí. Me retuerzo de dolor, jadeo pero nadie me ayuda. Esta vez tampoco. Vuelve a un lado y coge otro instrumento, una espada. Si los toros somos animales mansos, ¿por qué nos tratan así?

Prefiero no pensar qué hará. Se pone frente a mí, me llama pero me niego a mirarlo. Levanta mi barbilla con la espada mientras que hace que mire hacia un mantón que porta en su otra mano. Vuelvo a bajar la cabeza y, cada vez que lo hago, él vuelve a hacerlo. De pronto, viene hacia mí y ya no hay marcha atrás. Clava su espada en mi lomo, con la empuñadura tocando mi piel, hasta el fondo y entera. Algunos dicen que no se puede ver lo metálico. Me retuerzo de dolor y siento la espada dentro de mí cada vez que me muevo. Quiero que ese hombre se aleje de mí. No me gusta.

Vuelvo a mirar a un lado y a otro. La gente aplaude valientemente, se sonríen, algunos comen y otros beben y yo no llego a comprender cómo pueden hacerlo con toda esta sangre que me corre por la piel y cae hasta el suelo. Ahora el polvo ya no es marrón, es rojo y se confunde con el vino que a alguien se le cayó.

El hombre vuelve a acercarse. Quiere verme muerto, lo sé. Me siento en el suelo y recojo mis patas delanteras. Quiero desaparecer de aquí y dejar todo esto atrás. Él se acerca más y más, levanta su brazo, mira hacia un lado y otro y siento un dolor punzante en la nuca.

Ahora sí se ha acabado toda esta agonía y yo, lo único que puedo recordar es mi prado verde, mi hierba, cómo corríamos y comíamos juntos y aquella canción de Víctor Manuel que decía :”Ya eran las cinco de la tarde”, y acabo de acordarme de cómo continuaba “cuando el toro su futuro adivinó”. Hay un reloj en mitad de la nada.

Y son las cinco.

¡Otro toro español muere ensangrentado en medio de aplausos!