Me llamo Chica

Me gustaría contaros cómo ha sido mi vida hasta ahora.

Recuerdo que hace mucho tiempo vivía en un sitio cerrado, con una puerta que raras veces se abría y una ventana pequeña por la que entraba el poco aire que compartíamos entre todos los que estábamos allí, que éramos muchos.

Fuera, a la intemperie, protegidos por un pequeño techo, había otros perros. Siempre estaban atados con cadenas que enrojecían nuestros delgados cuellos. Cadenas que se incrustaban en la piel, que nos apretaban y, a menudo, formaban heridas que tardaban mucho tiempo en cicatrizar. Nosotros, los que estábamos dentro y los otros, los que estaban fuera, pocas veces nos veíamos, creo recordar que sólo una vez a la semana y casi siempre cuando salíamos a cazar. Hablábamos alto y fuerte para poder escucharnos y ellos nos avisaban cuando venía nuestro humano.

Casi todos los domingos salíamos al campo. Recuerdo que él venía y nos metía en un remolque que se ataba a su coche. Era imposible ponerse cómoda porque íbamos tantos que teníamos que apretarnos para que se pudiera cerrar la puerta. Otros iban en la parte trasera del coche pero igual de apretados.

Cuando llegábamos al sitio, bajábamos todos deprisa y corríamos, corriamos y corríamos. La sensación de libertad era maravillosa cuando podías moverte libremente, aunque fuera un rato, después de pasar días encerrada en una habitación cochambrosa y de un viaje metida en un remolque. Saltábamos, nos dábamos besos entre nosotros, jugábamos a perseguirnos. Sin embargo, esa sensación duraba poco.

Pronto nos disponíamos a caminar y a buscar otros animales a los que perseguir. El humano avanzaba y nosotros, tras él, muy atentos, lo seguíamos sin perderlo de vista. Algunos de mis compañeros se quedaban atrás y él siempre se giraba y los golpeaba porque se despistaban oliendo la hierba o perdían la noción del tiempo mirando una mariposa. Yo, que no quería que me hicieran lo mismo, lo miraba atentamente y esperaba sus órdenes. No me gustaba que me pegaran y lo evitaba a toda costa.

Unos minutos más tarde, comenzaba el trabajo. Veíamos un conejo y debíamos ir tras él hasta atraparlo. No era tarea fácil. Nunca me gustó y a mis compañeros tampoco. Casi siempre corríamos tras el pobre animal porque nos dejaban sin comer muchos días y, sabíamos que cogiéndolo, ese día comeríamos.

La verdad es que todos estábamos muy delgados y no era extraño que, al echarnos a dormir, claváramos nuestros doloridos huesos en el pavimento y nos hiciéramos grandes heridas. Una vez que teníamos al pobre animal, volvíamos con él en la boca y se lo dábamos. Esto se podía repetir muchas veces ese día.

Cuando acabábamos, volvíamos al remolque y regresábamos a aquel lugar, unos fuera y otros, dentro. Normalmente, regresábamos todos pero había días en los que faltaba alguno y sabíamos que no lo veríamos más. El humano lo cogía del cuello, lo llevaba a un lugar apartado y regresaba él solo. Nosotros, los perros, nunca hablábamos acerca de eso, pensábamos que era mejor no pensar en ello pero dolía mucho. De esta manera, pasaban los días y los años. Unos venían, otros se iban y algunos desaparecían en mitad del campo.

Uno de aquellos días, me quedé embarazada y di a luz a ocho bebés. Marroncitos, con orejas grandes, hocicos grandes y rosas. Eran míos y eran preciosos. En unas pocas semanas, el trasiego de gente entrando y saliendo de aquel sitio donde yo estaba era incesante. Entraban, veían a mis bebés, cogían uno y se marchaban con él llorando.
Un par de días más tarde no era extraño que me devolvieran a mi bebé y yo escuchaba decir: “No sirve, lo he probado y no vale. Me llevo otro”. Así que me daban a mi niño y se llevaban otro. Así pasó con todos hasta que no quedó ninguno y volví a quedarme sola, con mi pena y sin mis bebés. Esto se repetía una y otra vez, y otra y otra. No había manera de parar.

Los años se fueron sucediendo y, con ellos, los domingos en el campo, las estaciones y mis pequeños cachorros que iban y venían. Yo ya era bastante mayor y ya no podía correr como antes. Empezaba a quedarme atrás y a ser de las que recibían golpes. Yo quería, debía correr, pero mis patas no reaccionaban tan rápido como antes. Ese fue mi gran error o mi gran salvación. Al irse, montaron a todos en el remolque y yo me quedé fuera, atrás…

Me quedé completamente sola. Se fueron y yo, viendo como se alejaban, miré. Un lado y a otro y supe que era el momento de correr. Ahora sí. Me habían abandonado pero estaba viva, no me habían ahorcado ni pegado un tiro como a muchos de mis compañeros.

Pasó un día, dos , tres, semanas, meses. Muchos meses. Yo, sedienta, hambrienta, sin saber qué hacer ni dónde ir, me sentí en el borde de la nada. Nadie me prestaba atención. Nadie me miraba pero yo veía a cada una de las personas que pasaban por mi lado. Ninguna me miró, excepto una. Alargó su mano hacia mi barbilla, me tocó y yo me asusté. No sabía que las manos de un humano pudieran hacer algo más que dar golpes pero me gustó esa sensación.

Siguió acariciándome, queriéndome y hablándome con voz suave. Se irguió y anduvo unos pasos y yo la seguí. Ahora que había conocido el respeto y la ternura quería vivir así siempre. Ella se detuvo y volvió a tocarme pero, esta vez, el lomo. Se dio cuenta de mi delgadez y se afligió. Me avergoncé porque la hice sentir más.

Pasó su mano por encima de mis costillas y dolía pero no hice ningún mal gesto para que no se preocupara y, en un instante, en un momento, me invitó a irme con ella ¡A mí! Y me dijo: “Tú, tranquila, pequeña, ya no volverás a pasar penas, estás a salvo y te querré siempre”. Yo no sé lo que significa nada de eso pero sabía que esas palabras cambiarían mi vida.

Desde aquel instante, muchas tardes han pasado y muchas cosas han cambiado. Ya no recuerdo mi nombre anterior pero sí sé que ahora me llamo Tina. Ya no se marcan mis huesos, ni duele dormir sobre el asfalto porque tengo una cama mullida solo para mí y para otros compañeros.

Ellos no duermen fuera ni están atados, viven conmigo y con mis papás humanos que nos dan cariño constante y amor incondicional. Ahora tampoco cazamos, ni yo ni ninguno de ellos que me contaron que antes también lo hacían. Soy muy mayor y no comprendo porqué tuve que conocer lo que es un hogar tan tarde pero vivo cada día como si fuera el último, por mí, por los que se quedaron atrás y por mis papás.

Quiero ser feliz siempre, tal como soy hoy.
Colofón: Chica, antes Tina, es una de las pocas podencas que ha conocido la felicidad. Como ella, en este mismo momento, hay otras muchas que se encuentran encerradas en cheniles, sin comida y sin apenas agua, utilizadas como instrumentos de caza y de cría. Cuando no sirven, mueren de un tiro, ahoracadas o, en el mejor de los casos, abandonadas, dejándose la vida en las carreteras, siendo atropelladas. Otras tantas, mueren de hambre o sed porque ningún humano las miró y fueron ignoradas. Como Tina, galgos, bretones y bracos, corren su misma suerte, siendo utilizados hasta que no valen nada.

No son perros de caza, son perros de casa.

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